No hables más.

“No hables más.”, le dijo a aquella mujer que no podía nombrar aunque amara.

“No hables más, quiero verte.”, y ella sonrió, por primera vez en la noche.

Se conocieron en tiempos inciertos; ella se enamoró de las arrugas que se formaban en sus ojos al sonreír, y él, deseaba a otra mujer, no habría cambiado el presente aquellos momentos, ni la penitencia que padecen ambos cuando se encuentran, al ocaso, cuando las estrellas juegan a alinearse perfectamente y no permiten que nadie más pase.

Años pasaron, desde que se nombraron por primera y última vez; pero para uno era imposible y para otro, algo innecesario.

Ella seguía jugándose la vida frente a una pantalla, y él, con una rutina establecida de trabajo y rostros perfectos ante sus pies. En realidad, nunca la pensó como una opción. Y se fue. Se alejó tanto, que ella entendiendo el mensaje, y después de llorar por semanas, guardó entre sus versos aquella noche en que sus dedos se aferraron a las piernas que, asumió, jamás rodearían su torso. Desistió.

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Sueñas mi piel cuando más necesito un abrazo,

o cuando intento evadir mi soledad.

Me sientes,

me sabes rota y me consuelas a hemisferios de distancia.

Hoy sostuviste mi cuerpo inerte sin tocarme.

Me haces sonreír con cuatro números,

y al escucharte,

recuerdo ese sueño donde te tuve por un instante al otro lado del mundo,

pero te perdí.

No te vayas hoy,

ven,

ven a mi, como aquel fantasma.

 

 

Informe número…

Te soñé eones atrás,
mis dedos formaron versos en tus piernas al viajar,
no notaste que temblaba al verte.
Tampoco la pimienta en la cena que era para tres, pero pensada en tí.
Habías olvidado lo que es suspirar por un nombre,
lo absurdo de los detalles,
de esas arruguitas que se forman cuando sonríes y que inspiraron un poema.
Olvidaste también,
lo niño que se vuelve uno cuando se enamora;
y has tenido que reaprender lo que se siente ser el primer y último pensamiento de otro ser.
Pero ya no tengo qué soñarte,
aunque lo sigo haciendo.
Tengo un nido pequeño en tu mente,
fabricado con versos lanzados mientras camino,
o durante el trabajo,
o cuando duermo,
o cuando bebo mi primer café,
pero sobretodo después de que te vas;
es entonces que sonrío y cierro los ojos,
para recordar tu olor,
esa vuelta de tuerca que siempre das antes de despedirte,
un abrazo extraño,
un beso en mi nariz,
o una sonrisa de adolescente que va perfecto con tu grandeza.
No lo notaste hace eones,
pero lo sabes esta noche.

Él.

Y él camina seguro,

sin mirar el suelo.

Rompe todo a su paso y sigue caminando.

Ve lágrimas y heridas,

y continúa inamovible.

No sabe,

que a su paso,

arrastra almas quebradas que no pueden penar ni seguir.

Tú lo sabes,

pero tú si volteas al suelo antes de dar el primer paso.

Por eso te amo,

con el resto de alma que aún sobrevive.

Pero amaría tanto que una noche fueras como él y miraras mi rostro en lugar de lo que puedas pisar.

La última noche del otoño.

“La última luna del otoño”, decían, no lo supe hasta que salí a darle de cenar a Anselmo, y vi esa maravillosa luz roja que delineaba perfecto al unicornio, llamé a mis compañeras de trabajo, no sin antes mandarte un mensaje; para dejaras todo y vieras el cielo. No pudiste verla, pero era preciosa, y tan efímera como tus besos.

Soy solo letras, quizás, pero debes saber, que mis letras no surgen por ese conejo que todos ven, mis malos poemas, los mediocres y los buenos, son por ese sueño de tenerte.

Un día a los 14 años me dijo un niño que quería ser mi novio, respondí que me esperara al siguiente día, me dijo: “¿y si mañana se acaba el mundo?”. Obviamente le dije que sí.

No te tengo hoy a mi lado, pero dime, Cielo mío, ¿A quién querrías tener a tu lado si esta noche fuera el fin del mundo?

Porque esa noche, yo pensaba solo en tí. En estar a tu lado viendo esa última luna de otoño, con tus dedos entrelazados a los míos en una iglesia cerrada, donde un sacerdote preguntara nuestros nombres.

Vida mía, no te vayas.

Rotos.

Sonreímos,

paseamos y trabajamos.

Cumplimos horarios y deberes,

rutinas.

Al final del día,

en el silencio de nuestra almohada,

empieza todo.

Elecciones, recuerdos, añoranzas.

Las consecuencias cobran vida y carcomen lento donde desistieron al salir el sol.

Lágrimas acuden, flagelos se adhieren al correr de la sangre,

ya sea en cama o la tumba,

pero no se ausentan.

Alguien me dijo hace poco que yo era poesía;

en realidad no sé qué soy.

Soy,

una persona rota,

como ella, como aquel hombre que camina dando vueltas cada cuatro pasos,

como tú que besas cualquier piel sintiendo lo mismo.

Soy,

una persona rota,

como él, que festeja y ocupa cada hora de su vida lejos de quien ama,

porque teme herir a quien también ama.

Somos,

estamos,

rotos.

Unos demasiado, otros con la oportunidad de remendar;

pero todos,

detrás de una sonrisa,

ocultamos una hora de nuestra noche,

en que recordamos la luna y nos reprochamos haberla visto con ese otro,

en silencio,

o bebiéndonos.

Pero, juntos.

Todos estamos rotos,

o tenemos grietas,

por donde se filtran los “ojalá”, los “podría”, los “si hubiera”.

 

A pesar de todo.

“A pesar de todo, ronroneaba.”

Lo dijo quien rescató a un gatito probablemente violado. Acabo de leerlo, un nudo en la garganta se formó de inmediato. Ellos son tan sabios, fuertes, empáticos; que no he logrado comprender, cómo los humanos, seres racionales, no podemos entender que confiar, amar, entregarse, es lo único que tenemos que hacer en esta vida.

Deseo con toda mi alma que ese gatito, mañana esté vivo, y que después encuentre un hogar donde alguien le regrese el amor puro que ha dado al ronronear “a pesar de todo”.

A veces estamos rotos, quebrados y dolidos, pero cuando alguien nos sonríe o nos tiende una mano, es necesario regresar la sonrisa, sujetar con fuerza esa mano y entender que: a veces todo sale mal, y el cielo no se incendia ante nosotros, pero siempre llegará alguien con el alma expuesta, dispuesta, a jugarse todo por darnos un último aliento en compañía.

Hoy no dormimos con nadie, dormimos solos, pero a sabiendas de que alguien dijo nuestro nombre, elevó una plegaria por nosotros o dejó entrar en su cerebro la sonrisa última que emanamos.

No aparezcas hoy, ¡por favor!

Muévete en otra dirección, no te acerques a la Tierra.

No hoy.

Ven mañana, cuando esté menos quebrada y pueda despertar con tu luz.

No anuncies un día nuevo, aunque ya sea, no ilumines nada hoy cuando todo está dañado.

Vete, aléjate de mis ojos, de mi voz inaudible.

No llegues, aunque te ruegue. Aunque me encuentres en el suelo.

No sé cuántas mujeres puedas tener a tus pies hoy, pero dime: ¿cuántas te desean a su lado a las 6 de la mañana?

Morir un poco.

Morir un poco,

cada noche.

Ansiar la última hora del trabajo,

para sentirse libre de cortar un par de venas.

Morir un poco,

cada día.

Esperar paciente para inhalar el tabaco necesario,

para alejar tu nombre de mis neuronas.

Pero no es posible,

porque muriendo un poco cada noche,

muero pensándote,

llamándote,

arrancándome la piel por tus cicatrices.

Morir un poco,

cada sábado, cada navidad, cada cumpleaños, cada fecha importante,

porque no estás,

has elegido no ser quien me abrace en cada celebración,

o quien sostenga mi cuerpo cuando no puedo más.

Elegiste lo más seguro para ti,

quedarte entre los tuyos,

sabiéndote seguro,

a salvo tu corazón,

tu entorno,

elegiste por tí.

Morir un poco,

elegí yo,

cada día,

porque cuando decidí morir de verdad;

vi a los ojos a la muerte y desistí.

Morir un poco era menos horrible,

como arrebatar pétalos a una flor,

a cuentagotas.

Dedicando un poema a cada pétalo,

morir un poco,

cada vez que escucho aquella canción cuando nuestros cuerpos.

Morir un poco,

morir,

¿alguien ha muerto por ti?

 

Leandrita.

“Nadie le llevó flores a Leandrita, su tumba estaba tan sola como aquella tarde en que la visitamos para contarle nuestra historia.”

Se escuchaban pisadas cerca, pero nadie apareció,

solo estaba ésta mujer,

llorando en una banca.

Un despojo de humano,

humo errante que tentaba una araña en su red.

Secaba de vez en vez su rostro,

mientras la araña,

inamovible,

paciente,

esperaba su presa.

Leandrita, “madre abnegada”, como explica su lápida, silente, no pudo abrazar a la mujer y decirle que no estaba sola,

tampoco arrojó un insecto a aquella telaraña.

Leandrita, esperaba flores en noviembre, pero no llegaron.

Su techo no cobijó a nadie,

ni una veladora iluminó su andar por el valle de sombras,

la banca estuvo ocupada por una mujer que nunca conoció,

que llegó por azar con un hombre que la amó,

y regresó años después,

después de estar una hora meciéndose en un columpio viendo la luna a media tarde,

fragmentada,

y contuvo las lágrimas hasta llegar a la banca y ver la araña,

el vacío de los hijos y nietos de Leandrita,

y entonces se rompió,

dejando cenizas al pie de la tumba,

sal entre la hierba que lo invade todo.

Más soledad en la memoria de una muerta.

Más ausencia entre aquellos que también han sido olvidados.

Pero esa mujer, ha prometido a Leandrita  que la próxima vez,

llegará con flores y una sonrisa o en un féretro para hacerle compañía.